Donde habita la paciencia

Desde que volví a trabajar a la oficina, se cumple al pie de la letra el manual de berrinches de Lúa.

Mientras estoy fuera de casa, es esa beba soñada que juega y sonríe por todo, limitándose a reclamar atención cuando el hambre hace mella en su carácter.

Pero cuando estoy de vuelta, el malhumor se vuelve recurrente… el suyo y el mío, claro.

Entonces, más seguido de lo que me gustaría reconocer, su demanda me desborda y no me permite prestar atención a absolutamente nada… excepto a ella.

Esos días siento cómo el cansancio se me monta a cocoyo como si fuera un oso polar, y el enojo y la impotencia me trepan por el cuerpo hasta nublarme la vista y apoderarse del resto de mis sentidos.

Hago vanos esfuerzos por anular momentáneamente su frecuencia sonora, pero su insistencia siempre vence.

Se rehúsa a quedarse en el huevito; no quiere saber nada con la practicuna; se enoja si hago algún amago de ponerla en el cochecito.

Sólo consiente estar en brazos, cantar y jugar.

De a ratos, yo saco ánimos de la galera y aparece el payaso Plin plin, el Ilarilarie de Xuxa o alguna de las canciones antisonantes que David o yo le inventamos. Y le robo una carcajada. Y la paz se propaga como un placebo y un arcoíris atraviesa el living con la promesa de regalarnos finalmente sus monedas de oro.

Pero la fortuna no llega. Y en cambio, el sueño -al que Lúa no se quiere entregar- hace un aterrizaje de emergencia cuando termina la canción. Se estrella contra la paz reinante y explota en llanto.

Y ahí estamos de nuevo, Morfeo tironeando de una pata y Lúa resistiendo con admirable testarudez.

El grito constante se renueva y trato inútilmente de concentrarme en otra cosa. Pero ella recurre a la extorsión más feroz: su llanto con lágrimas.

El tiempo se detiene, el día se nubla y el malestar se me sube a la cabeza.

La observo bien de cerca con toda la prepotencia que mi presencia estática le genera. Demostrándole que estoy ahí y que no hago nada.

Y llora más fuerte.

Y entonces le grito: “¡Lúa, terminala!”.

Y por un segundo se calla. Se asusta. Me mira con ojos asombrados preguntándose si eso es un juego o ¡qué mierda! Pero mi silencio posterior le confirma que no es un juego y su enojo se multiplica como un Gremlin bajo la ducha.

Respiro profundamente pero hace rato que dejé de tener frente a mí a una bebé y, en cambio, estoy tratando con una adulta caprichosa y absorbente que está decidida a joderme el día.

La agarro con firmeza y como si fuera una plataforma vibrante voy descargando mi frustración con un suave movimiento que, sorpresivamente, le hace gracia.

Me mira y se ríe.

Y en un segundo mi rabia se esfuma. Y la miro y la amo con todo mi odio.

Y me odio con todo mi amor por no poder ser más paciente.

Entonces mi agarre se vuelve abrazo apretado. Y el abrazo se hace baile. Y siento que mi cuerpo se recupera de a poco, sorbiendo de su pequeña humanidad una energía renovada.

Y ella salta en mis brazos.

Otra vez el cielo se abre, el arcoíris se crece y solo por un instante, yo me vuelvo invencible.

“I am Juan”

“So far”, como dicen los anglosajones, el 2021 me tenía preparada una mala noticia.. se acabó el home-office y tuve que volver a la oficina, ergo: levantarme una hora y media antes y perder tiempo en traslados. Lo peor de todo, sin dudas, es el colectivo en plena pandemia. No solo por la mala frecuencia, sino porque los choferes no respetan el límite máximo de pasajeros y los pasajeros no respetan ninguna distancia. Total que, hoy, aferrada a mi rociador de alcohol como si no hubiera un mañana, salí a enfrentar todas las amenazas. 

Aún así, debo reconocer que hay algo positivo (sí, ya sé.. soy una optimista insufrible). Y es que a mí siempre me gustó viajar en transporte público porque, durante el trayecto, aprovecho a leer, escuchar música o disfrutar del paisaje. Últimamente, sin embargo, descarto las dos primeras opciones por no tener que estar manoseando demasiado el bolso, así que prefiero quedarme paradita en un rincón viendo la ciudad pasar. 

Así fue que hoy, mientras iba camino al trabajo, me detuve a observar un llamativo letrero que con letras muy sólidas y robustas indicaba “droguería industrial” y debajo, con una tipografía mucho más rebuscada y con firuletes, rezaba: “I am Juan”.

Se me escapó una carcajada mínima y miré a mis costados pero no tenía con quién compartir mi perplejidad… ¿Quién en su sano juicio le pondría ese nombre a una droguería? o, mejor aún ¿Qué loco se animaría a proveerse en una droguería industrial llamada “I am Juan”, sin pensar que el tal Juan ya habría hecho abuso de todos los insumos?

Una vez superado el primer impacto, me quedé unos segundos más, absorta, cavilando en los pros y las contras de tal estrategia de marketing y hasta llegando a encontrarle elementos muy positivos de impacto.

Pero fue ahí cuando nuevamente algo llamó mi atención en el exterior. Era el cartel nomenclador de la calle, que indicaba con una claridad reveladora: “San Juan”. Y entonces se produjo el milagro, y mi cerebro todavía adormecido a esas horas de la mañana me advirtió: “Pará, pará, pará. Que aquel cartel con excesivos ornamentos no decía ‘I am Juan’ sino ¡’San Juan’!”

Entonces mi asombro inicial viró a fuerte desilusión…

Porque sí, como la rutina misma, el nombre “San Juan” es mucho más correcto, tradicional y, quizás, efectivo, pero de original y divertido, para mí, no tiene nada. 

Image by Free-Photos from Pixabay

La desnudez de la pandemia

Una buena costumbre que adopté para no enloquecer durante esta maternidad pandémica es hacer caminata por las tardes. Aprovecho esa hora de soledad para también hablar por teléfono con alguna amiga. Terapia por partida doble, lo llamo yo. Así, me aseguro un momento -sin interrupciones- para mí. Ejercito el cuerpo, despejo la mente y hago catarsis cuando lo necesito.

El sábado fue uno de esos días. Me calcé el teléfono al bolsillo, con el cable bien oculto para evitar tentar a los amigos de lo ajeno y la llamé a Lucila. Mi semana había estado cargadita de noticias, así que agradecí tener a mi amiga del otro lado de la línea para escucharme.

Salí a la calle, llevaba un relato enardecido y movía las manos al hablar, unas vecinas me miraron extrañadas. Saludé con la mano sin abandonar mi conversación. Absorta en la cronología de una semana que había incluido, entre otras, marchas y contramarchas en la reparación del techo de mi casa -obra que trastabillaba ante la falta de materiales, la suba del dólar y los desacuerdo con la arquitecta. Avancé hacia calle Pellegrini, reparando muy poco en el escenario.

Una vez en la avenida, me dirigí hacia el centro. Era una tarde agradable, así que bares y negocios mostraban una concurrencia bastante amplia. Para cuando ya promediaba un par de cuadras sobre Pellegrini, mi monólogo sobre el fin de semana había acabado, sin embargo, sentía que había algo en la mirada de la gente que no era usual.

Probablemente fue sentir mi mano en el rostro, en un gesto inconsciente, lo que me hizo reaccionar: ¡No llevaba barbijo! Como tantas otras veces, había salido de casa apurada, olvidando colocarme el tapabocas. Pero, a diferencia de las anteriores ocasiones, esta vez, recién pude notarlo cuando ya me había alejando unas 10 cuadras.

De repente me sentí expuesta, vulnerable… desnuda! No era curiosidad o extrañeza lo que había visto en los ojos de mis vecinas y de la gente. Eran miradas acusatorias, indignadas o molestas. Quizás, hasta prejuzgando mi actitud como un desafío. El peso de mis propios prejuicios se me vino encima.

Lo primero que atiné a hacer fue salir de la avenida. Pensé comprarme un barbijo en el primer local que encontrase. Pero ya lo dijo Murphy, “buscarás un lugar donde comprar tapabocas y solo encontrarás tiendas de gastronomía”. Bueno, no lo habrá dicho así pero seguramente lo hubiera pensado si hubiera vivido en esta época, donde absolutamente todo se ajusta a su hipótesis inicial: “Si algo malo puede pasar, pasará”.

Revisaba con vista de lince los locales al pasar y negaba por lo bajo, comprendí que aún cuando encontrase un negocio que vendiera los barbijos, difícilmente me animaría a entrar si había gente adentro. Decidí emprender una rauda retirada hacia mi domicilio. Apuraba el paso, intentando esconder el rostro. Fue entonces que comprendí como se sentía la desnudez.

Para algunos podía ser un simple topless, para otros la exhibición de sentimientos profundos o de imágenes íntimas, tal vez, hasta las demostraciones de sensibilidad o afecto, y ahora, para mí, lo era la falta de tapabocas. Nada más subjetivo que la desnudez, pensé. Cayendo en la cuenta de cuán vulnerables y desnudos estamos. Cuántas fragilidades ha expuesto la cuarentena, cuántos temores, angustias, soledades.

Nos sentimos desnudos porque carecemos de algo que creemos que deberíamos tener. Salimos a la calle con la boca y la nariz cubiertas, sintiendo que la tela nos protege del virus. Sin embargo, no hay máscara para todos los demás fantasmas: ni las fotos de Instagram, ni las actividades virtuales, ni siquiera, el ocuparnos obsesivamente de la casa.

Estamos desnudos y solos. Así como llegamos al mundo. Incluso si pasamos la cuarentena con alguien, seguimos solos con nuestras incertidumbres y temores. Nos paralizamos, a veces. Nos entusiasmamos, otras. Nos mentimos, de tanto en tanto. Porque jamás, como ahora, hemos tenido tanta certeza de nuestra vulnerabilidad: la física y la emocional.

Estamos desnudos y, por eso, podemos vernos con mayor sinceridad.

Sin licencia para maternar

Junto con el embarazo se abrieron las puertas de la biblioteca universal de las maternidades. ¡Terrible fiesta de bibliografía! Un día sos una analfabeta de la teta y al otro estás corriendo la carrera por el máster Mami.

La verdad es que en un primer momento aquel aluvión bibliográfico fue bien recibido. A los ojos de mi pronta maternidad todos los temas se veían importantes… ¡y urgentes! Una cosa llevó a la otra y la licencia por embarazo se convirtió en un arrebato de libros, búsquedas de google y encuentros pre-parto que me hacían suponer que más que estar por parir, estaba a punto de rendir la última materia de una licenciatura en la que no recordaba haberme inscripto. Lo que sí me quedaba claro era que en la universidad de vientres habitados había más docentes que alumnas.

La saturación no tardó en llegar. El cúmulo de información era inabarcable y claramente estaba haciendo aguas por todos lados: ni lograba estar tranquila y en paz para transitar los últimos meses de embarazo ni -menos aún- conseguía memorizar todos aquellos contenidos. Muy por el contrario, parecía que cada nuevo conocimiento que ingresaba, echaba a patadas algún otro que había sido adquirido previamente.

Ya al borde del surmenage no me quedó más alternativa que rendirme ante la inexorable realidad de que jamás sería una erudita en gestión de emociones, hormonas, lactancia, crianza y otras yerbas. Así las cosas, decidí dejar que el instinto, el pediatra, las amistades y -la nunca bien ponderada- suerte hagan su magia.

Voy a reconocer que no fue fácil rescatarme del abismo de sensaciones encontradas y angustiantes en el que quedé sumida tras reconocer mi fracaso. Pero después de un par de meses de refugiarme tras cuanta comedia romántica adolescente encontraba, quedé convencida de que l@s pibes la tienen mucho más complicada que yo, al tener que lidiar con el insoportable rulo argumental al que son expuestos continuamente en Netflix.

Y fue entonces -cuando comprendí que estaba fusilando neuronas en el intento de reavivar mi humor- que la cuarentena trajo a mis manos un sin fin de literatura digital gratuita, a la que hoy me hubiera resultado imposible acceder en papel. Hacía mucho tiempo que no me perdía en las páginas de la ficción, y encontrarme con Carlos Ruiz Zafón y “La Sombra del viento” fue como reencontrarme con la aventura de vagar por las calles de Barcelona, pero de una Barcelona postguerra que se me antojaba algunas veces familiar y, otras, demasiado lejana.

Mientras recorro las laberínticas callejuelas del Gótico, al son de una deliciosa cadencia de frases e historias que se me ocurren a medio camino entre la ficción y la realidad, comprendo que me he embarcado en un viaje tan placentero como adictivo. “La Sombra del viento” me llevó a “El juego del ángel” y éste al “El prisionero del cielo” y al “Principe del Parnaso”, para desembarcar finalmente en “El laberinto de los espíritus”.

El Google maps me hace de guía, para recordarme la ubicación de tantas calles y vías que se perdieron entres mis mochilas de viajes. Y volver a ellas, de la mano de personajes que se me hacen piel y sentimiento, por momentos, me envuelve en una adrenalina tal que no puedo evitar saltarme palabras para develar sus misterios.

Recorrer esta Barcelona en guerra, sombría, violenta, misteriosa y radicalmente apartada de la radiante metrópoli que conocí, me embriaga de amargo asombro. Porque, a pesar de conocer la nefasta historia a la sobrevivió la ciudad, vivir los bombardeos y las torturas (monedas corrientes del franquismo) enfundada en la piel de estos entrañables personajes me estremece el alma.

Y mientras me devoro la saga, me entero de la triste noticia de que su autor acaba de fallecer. Y no puedo más que volverme cada vez más devota de este maravilloso arte que es la literatura; entendiendo que en tanto sigo desandando los pasajes de la Ciudad Vieja, tras los pasos que Ruiz Zafón alguna vez imaginó, él sigue viviendo en cada palabra, deambulando por esta ciudadela a la vez maldita y milagrosa.

Y acá estoy, ahora, promediando la mitad de esta última travesía, intuyendo un final que será -como la saga misma- una exquisita tragedia, porque me recordará que seguiré siendo siempre una madre sin licencia para maternar y con una irreparable debilidad por los viajes imaginarios.

Image by Comfreak from Pixabay

Suerte y deseo

Cuando el farmacéutico me entregó el test de embarazo y me dijo “suerte”, pensé que aquella palabrita era tan ambigüa como acertada para la ocasión. Me pregunté qué sería “tener suerte” para mí. El tema de traer un@ hij@ al mundo tenía tantas aristas para analizar que aún no lograba descubrir dónde situar mi deseo. En cualquier caso, no esperaba estar embarazada y tenía más de una duda sobre si éste (o cualquier otro) sería momento oportuno para ello.

Mientras abría la puerta del pasillo que conduce a mi casa, hacía un notable esfuerzo por conectar al 100% con mi sensaciones físicas, y confirmar que no sentía absolutamente nada “distinto” a lo habitual. Ergo: no estaba embarazada y había sido al pedo gastar dinero en este bendito test por un simple atraso.

Hoy, casi un año después de aquel día, miro a Lúa (ya de 3 meses) y sigo sin poder creer que haya salido de adentro mío. El 99% del tiempo no me detengo a pensar en el tema, pero hay un momento en el día en que la miro y no puedo evitar preguntarme cómo carajo pueden dos células convertirse en esta hermosa personita que tengo a mi lado.

No salgo de mi asombro. Y pienso que son incontables las veces que vemos los avances tecnológicos y se nos vuela la cabeza, pero muy pocas las que nos dejamos maravillar por el poder y la fortaleza de la naturaleza, con su capacidad de reproducirse, transformarse, avanzar y sobrevivir.

Veo a Lúa prendida a mi pecho, a la teta que produce su alimento, y sigo sin poder creer que es mi propio cuerpo el que ahora le está “dando” de comer. Y subrayo (a pedido de mi psicóloga) que soy yo la que le estoy “dando” el alimento, porque los fantasmas también invaden este cuerpo que materna y se siente “consumir”.

Un cuerpo que se pierde en una pequeña boca, que es tomado y retenido, a veces por extensos tramos de tiempo, a veces con una voracidad supina. El desconcierto me inunda y flotan los espectros de mi inconsciente porque me siento retenida, devorada, sustraída. Veo como la belleza infinita y ambigua de ese diminuto abrazo nutritivo cura viejas heridas pero abre nuevas y profundas llagas.

La maternidad es un animal extraño que te embiste con toda la potencia de la naturaleza y te deja la piel, el corazón y la cabeza en carne viva. Los límites se vuelven difusos, el amor crece y a su lado germinan, a gran velocidad, el temor y el desconcierto.

Hoy, cohabitan en mí el asombro y el ahogo; el amor y el miedo; el placer y el dolor; el deseo y el hartazgo. Porque soy naturaleza maravillosa y “maravillante” pero también cultura deseante, incompleta y frágil… hoy estoy quebrada y de mis grietas surgen luces que encandilan y sombras que intimidan.

No puedo más que amar y abrazar esta dualidad tan confusamente humana. Esta dulce aspereza que me recuerda que soy cuerpo finito y deseo desbordante.

Y es ahora que siento un arrebato… unas ganas muy fuerte de caerme de nuevo por aquella farmacia, para que el dependiente sepa, por fin, cuánta suerte que tuve.

Una Betty Boop de lentejuelas

Creo que ésa fue la prueba de fuego. La primera adquisición que mamá hizo totalmente en contra de su voluntad y con el solo objeto de complacerme (o callarme, eso no lo tengo muy claro). Era una remera de color fucsia con cuello blanco al estilo chomba, que formaba dos lazos para atarse por sobre el ombligo y que, para rematarla, traía toda la espalda cubierta con una enorme imagen, de lentejuelas brillantes y multicolores, de una Betty Boop tomando sol en la playa. Un enorme sol amarillo encandilaba la parte superior trasera, mientras que la melena corta y negra del sensual personaje animado resplandecia por lo bajo. Para mis cortos 5 o 6 años de edad, era un sueño hecho realidad, pero para el buen gusto y la naturaleza reservada de mi madre, una pesadilla con forma de camiseta.

Y es que mamá siempre tuvo muy altas expectativas con respecto a mi persona y fue capaz de resistir estóicamente cada uno de mis embates contra sus pasiones: la moda, el deporte y la cocina. Así, por ejemplo, mi extremada falta de coordinación nunca fue suficiente para desalentarla, y justificó mi clara inhabilidad para el tenis, el hockey y hasta el voley (el deporte de sus amores), argumentando que aún no habría encontrado algo que realmente me apasionara.

En la cocina, en cambio, si bien pretendí ser buena compañera durante mi infancia, ocupándome, por ejemplo, de moldear galletitas con la boca de las copas o armar creativos centros de mesa con restos de vegetales. El tiempo acabó por demostrarme que tenía mayor arte para degustar los platos que hacía mamá antes que para prepararlos. Todavía guardo en el recuerdo mis primeras galletitas de avena, a las que era necesario ablandar (a base de jugosas succiones) antes de animarse a darle un mordisco, a riesgo de que algún valiente -o desprevenido- comensal perdiera un molar en tal proeza. Galletas que finalmente demostraron ser mucho más provechosas como tope para retener una puerta antes que acompañamiento para el mate.

Lo más sorprendente de todo es que mamá, en lugar de desheredarme por mi falta de pericia para todo aquello que ella me alentaba a realizar, seguía convencida de mis altos estándares y se mostraba orgullosa por todos mis logros. Recuerdo incluso su emoción -y el modo en que desparramó la noticia como si se tratase de una hazaña intelectual- cuando me tocó izar la bandera de la escuela, aún cuando esa tarea no tenía mérito alguno y era llevada a cabo por todos los alumnos del grado, por estricto orden alfabético.

No, mamá jamás perdió su devoción hacia mí, ni cuando me corría con un peine por la casa, ni cuando entendió que nunca me vería destacarme en algún deporte o casarme de blanco, ni aún cuando me fui de Santa Fe porque quería conocer el mundo o elegí instalarme y formar familia en Rosario.

Muchas de mis decisiones fueron un gran desafío para mamá y, seguramente, ideas completamente diferentes de las que ella había imaginado para mí. Y es que tuvimos que aprender juntas esto de ser madre e hija. Y, si bien ella nunca pudo enseñarme muchas de las cosas que más le apasionaban, en cambio, mirándola yo aprendí muchas de las que a mí hoy me completan.

Fue a ella a quien observé por primera vez emocionarse hasta las lágrimas con una película y con quien entendí que hacerlo era natural y necesario; también fue ella quien me enseñó que se podía hacer reír a otros, redactando textos alegres o ingeniosos, y que hacerlo también hacía sonreir el alma a quien escribía; y de ella escuché y aprendí las canciones de cuna que con tanto amor hoy le canto a Lúa. Pero, sobre todo, lo más importante, es que con su actitud, mamá me enseñó que se puede amar a pesar de que la otra persona no responda a nuestras expectativas y que, básicamente, de eso se trata una maternidad saludable.

Ahora que la veo a Lúa, creo hacerme una mejor idea de por dónde viene la mano. Por eso, a medida que ella crece, voy entendiendo más a mi vieja, sus anhelos, sus miedos, su orgullo y amor incondicional. Y también por eso, trato de no alimentar demasiadas fantasías sobre el futuro de mi hija, porque sé que, después de todo, está claramente predestinada a enorgullecerme.

Gracias mamá por acompañarme siempre, incluso contra tu propia voluntad. Gracias por esa remera de Betty Boop, que inauguró una saga de desilusiones y la siempre inacabada lista de tus actos de amor.

Feliz cumpleaños, vieja!

Te amo.

Un caminito en el Parque del Sur

Hace más de 10 años que no vivo en Santa Fe y hace tiempo que noto que he empezado a olvidar el nombre de muchas de sus calles y plazas. Quizás por eso, cuando vi el posteo sobre las audioguías de la ciudad, me embargó un sentimiento confuso, cargado de curiosidad por aquello que alguna vez supe y, poco a poco, se comienza a ocultar en un lugar más inaccesible de mi cerebro, reservado para quién sabe qué momento especial de la vida. “Todo está guardado en ese pendrive”, dice Marta, “Ya vas a ver”. Pero yo no estoy tan segura.

Y quizás por poner a prueba esa memoria es que, al ver la nota, me asaltó una gran ansiedad. Comencé a recorrer el texto frenéticamente viendo pasar el nombre de los puntos de interés descriptos, muchos de los cuales no podía ubicar. Fui y vine con una lectura rápida varias veces y, cuando me di cuenta, sólo estaba buscando una mención: la del caminito de la muerte.

Ubicado en el Parque del Sur, el caminito fue objeto de algunas de las historias de misterio más hechizantes de mi infancia. Se trataba de un rústico y angosto pasadizo de tierra que se encastraba en la ladera del lago, y que en gran parte permanecía oculto por los árboles y la geografía irregular del lugar.

Cada tanto, Hermann abonaba los mitos sobre el caminito con la experiencia de los alumnos “más grandes”, los del séptimo grado, de la escuela Belgrano; y papá, que siempre nos llevaba a pasear en bicicleta por la zona, cuidaba que los relatos más macabros no hicieran mella en nuestras cabezas infantes.

Decían que allí murió un chico; que aún paseaba por las noches su fantasma; que los presos y los delincuentes escapaban por esa vía de la policía; que los amantes más osados la utilizaban para sus encuentros amorosos; y que los adolescentes más rebeldes se ocultaban allí cuando “se hacían la rata” de la escuela…. Decían y decían cientos de historias y leyendas que adornaban mi infancia con relatos de misterio, de aventura y de pasión.

Los años pasaron y creo recordar haber vuelto alguna vez, para ver aquel peligroso caminito empequeñecido e infensivo frente a mis ojos de adulta. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que, podré olvidarme de muchas calles, de plazas y lugares, pero “El caminito de la muerte”, con sus misterios y aventuras, seguirá siendo, por mucho, uno de los principales punto de interés de mi infancia.

Solo por hoy

Hoy, que no sé si es lunes, miércoles o domingo, Lúa cumple 2 meses. Lo sé porque con David veníamos anticipándolo. En días como estos creo entender el modo en que experimentan la realidad mis perros, en una secuencia de día y noche, que no es más que un continuo del tiempo y del espacio cargado de repeticiones autómatas y predecibles. Pero ellos igual se alegran -como si fuera algo inusual- cada vez que nos levantamos en la mañana o entramos a casa después de hacer alguna compra. A mí, en cambio, cada vez me producen menos placer mis rutinas en el encierro.

Es de madrugada y yo estoy sentada sobre la cama, con la espalda completamente doblada y con el escenario de mis piernas cansadas, engordadas y sin depilar de fondo. Entonces pongo a Lúa sobre mi regazo y dejo que se adueñe de mi pecho. Medio dormida, yo me convierto en teta silenciosa; completamente dormida, ella succiona con precisión, como en un acto reflejo, casi involuntario. Pasa más de 20 minutos así, sin abrir los ojos, extrayendo de mí, todo lo que necesita.

Succiona de manera constante y prácticamente imperceptible, del mismo modo en que crece. Hace poco comenzó a dar sus primeros balbuceos y cada vez presta más atención, sonríe más y está mucho más conectada con la realidad. Progresa rápidamente. Y me sorprendo con el irónico contraste de un mundo que está como paralizado y en llamas, pero en el que ella, igualmente, crece, encarnando el triunfo de la terquedad de la naturaleza frente al imbatible virus, las tóxicas noticias y el nocivo ser humano.

Aún así, no puedo evitar pensar también que Lúa se conecta a una realidad en donde no puede ver ni oír a sus abuelas, prim@s, tí@s o amig@s. Es una realidad donde no hay salidas a la calle, donde muy pocas veces y de casualidad le ha dado un rayito de sol y un poco de aire libre. Es un ahora con menos colores, menos aromas, menos voces, menos brazos que la alcen…

En muchos sentidos, me angustia esta versión limitada de la realidad que le ofrezco. Pero Vivi me tranquiliza, me explica que, durante los primeros meses, Lúa tan solo me necesita a mí. Soy el único estímulo que precisa para desarrollarse saludablemente. Hoy, yo soy suficiente.

Entonces vuelvo a mirarla succionar mi pecho y noto que su boca se rebasa por un instante; se ahoga pero tose, toma una bocanada de aire y sigue… persiste. Su puño cerrado, asido a la teta, es símbolo de lucha, marca terreno, planta bandera. Lúa toma posesión de mi pecho, con la convicción de quien se aferra a lo que en buena ley le corresponde. Luego, aparta su boca y respira. Siempre con los ojos cerrados, apoya la cabeza sobre mi (SU) teta y me regala una sonrisa embriagada y abatida por el cansancio.

Una cálida sensación de bienestar me recorre ahora la espalda encorvada, atravesando mi tripa todavía hinchada y remallada por la cesárea. Y me doy cuenta de que Vivi tiene razón, que “por ahora” Lúa tiene todo lo que necesita. Porque da igual si el mundo colapsa allá afuera, ella seguiría sonriendo feliz (acá adentro), abrazada a su teta y a su madre.

Sé que no será así por mucho tiempo, así que me aferro a esta idea de saber que, hoy, soy todo lo que ella necesita. La contemplo así por un momento, derrumbada y complacida, descansando sobre mí. Y me digo que “solo por hoy”, también ella será suficiente para mí. La calzo sobre mi hombro y golpeo suavemente la parte baja de su espalda. Lúa se retuerce un momento y suelta finalmente un provecho que la alivia. Ahora ambas descansamos satisfechas.

Pactos amanecidos

Lúa resiste en mis brazos, en las trincheras de un duermevela lo suficientemente intenso como para que ya sea innecesario seguir entonando esta nana antigua o sosteniendo mi acompasado movimiento; pero lo sorpresivamente liviano como para que ella lance un grito de franca protesta en cuanto intento colocarla en el moisés.

Entonces comienzo a mecerla, queriendo imitar el navegar armonioso de un catamarán pero reproduciendo, en cambio, el torpe andar de un changuito de supermercado con ruedas extraviadas. El resultado es predecible. Es ahora cuando recuerdo aquella alerta que aparecía en Google cuando se navegaba por zonas virtualmente inhóspitas, y que decía algo así como: “Ud. ha quedado atrapado en un bucle infinito”… En este caso, el mío, se resumiría en: “Teta-Nana-Bailecito-Moisés-Teta…”.

Y recuerdo también cuando mamá me contaba que, a veces, para lograr dormir a mi hermano hasta lo llevaban a dar vueltas en auto a la medianoche. Agradezco no tener vehículo. No me habría hecho ninguna gracia terminar en la comisaría por romper la cuarentena para dormirla a Lúa.

Pienso en cuántos padres y madres estarán ahora, a las 2 de la mañana, también inmersos en su propios bucles infinitos. Y cuántos lo han estado a lo largo de la historia. Creo que, a pesar de que han cambiado radicalmente los paradigmas de crianza, no hay nadie que haya podido zafar de esto. No lo hubo antes y no lo hay ahora.

Y es inútil pero inevitable rogarle que se duerma; preguntarle al borde del llanto qué le pasa, poner esa cara de “estoy a punto de morir” e implorarle piedad. Sí, es completamente estéril pero, a la vez, creo que tod@s en el fondo guardamos la inconfesable sospecha de que nuestr@ hij@ es en realidad un dictador en miniatura que se rehusa a concedernos cualquier tipo de libertad.

Y paseo por la cocina y la oscuridad de la ventana me devuelve un reflejo, como una sombra, donde se adivina una cresta de cabellos despeinados, y pienso en el short y las medias con ojotas que llevo puestas, y se me escapa una carcajada. Es una risa derrotada, de mujer vencida, pero una risa al fin.

Hoy había prometido empezar con el chupete. Fue imposible. Lo rechazó las cinco veces que intenté colocárselo. Me acuerdo que Romi contó que había padres que hasta se los engachaban con cinta. Sacudo la cabeza para borrar la imagen de mi mente. Me pregunto cuán perturbad@ hay que estar para llegar a eso y, entonces, recuerdo mi sombra en la ventana. Y vuelvo a sonreír pero ahora con cierta preocupación.

Y la miro, en mis brazos, con sus ojos abiertos como platos y pienso en lo bestial de los cambios que le están sucediendo a ella, que ni siquiera pidió nacer. Hace poco más de un mes vivía en un entorno acuoso, cálido, oscuro… y ahora está acá, en manos de alguien a quien no esperaba conocer, en un cuerpo imposible de dominar, dejándose llevar a dónde la “corriente” (o sea David y yo) la arrastre. Y claro, cómo no sensibilizarme más con su drama que con el mío.

Pero, entonces, vuelvo a mirarla y ella me dedica una de esas sonrisas amplias, que aúpan los cachetes y achinan los ojos; es una de esas muecas que todo el mundo confunde con una carcajada, cuando en realidad es su gesto de hacer fuerzas. Y se oye el estruendo que viene a confirmar el motivo de la sonrisa. Y me río de nuevo. Estamos en paz.

Imagen de Mylene2401 en Pixabay

Almacenados, una comedia no tan liviana (#SpoilerAlert)

Finalmente me tomé una “licencia” de mi “licencia emocional”, me refiero a ésa que decidí iniciar incluso antes del puerperio, en vista de que las hormonas no me permitirían digerir malas noticias, tensión ni drama. Así que me dediqué a darme una sobredosis de películas de comedia adolescentes (para no correr ningún riesgo). Creo que vi todas las de Netflix y ya estoy en condiciones de escribir una guía rápida para rodar una comedia nefasta y que igualmente triunfe en la plataforma.

En fin, después de unos tres meses, resolví comenzar a dejar esa etapa en el pasado. Y creo tuve la suerte de abandonar la licencia con una película que logra una muy buena síntesis entre la crítica social, el drama y la comedia. Hay mucho que me gustaría decir de esta película, pero voy a tratar de centrarme en las dos o tres cuestiones que me parecen principales.

En primer lugar, respecto a la película en sí, no tiene nada de entretenimiento hollywoodense; sin embargo, y a pesar de llevar un ritmo muy desacelerado, “Almacenados” no alcanza a ser un film lento y aunque recurre a un escenario mínimo, y a diálogos y acciones discretas, mantiene una suave y constante tensión. Aún así, lleva una dinámica que busca hacernos parte de la narración en tiempo real y en ese afán hacernos sentir la monotonía que viven los protagonistas. En definitiva, una película mexicana para saborear, café o mate en mano, sin esperar sobresaltos pero disfrutando de las sutiles tensiones que circulan en el aire y en los diálogos.

En cuanto a la trama, es la siguiente: Después de 39 años de trabajar en el almacén de la empresa de fabricación de astas y mástiles Salvaleón, el Sr. Lino -único empleado y encargado de ese sector- es invitado a jubilarse de manera anticipada por su dolencia de artritis. En su reemplazo llega Nin, un joven de veintipocos años que se convertirá en el nuevo encargado tras un entrenamiento de apenas una semana.

Hasta ahí, vamos a observar el choque generacional y actitudinal de ambos empleados. Lino, un personaje reservado, responsable, inflexible y -como mucho de su generación- atado a las estructuras; y Nin, un joven inquieto, curioso y desestructurado. Estos dos universos conviven no solo en la película sino en casi todos los ámbitos laborales. No es que Lino represente de un modo universal a los mayores de 60, pero sí a cierta clase de empleado que se ha hecho un lugar (por minúsculo que sea) dentro de una estructura y se ha mimetizado con esa realidad, casi como si fuera lo único que tiene sentido en la vida.

Este tema me lleva nuevamente a aquello que observaba en “El pasante de moda”. Ya que, al igual que el personaje que encarna De Niro en ese film (Ben Whittaker), Lino no vislumbra lugar para él fuera del ámbito laboral. Pero, diferencia de Whittaker, el encargado del almacén Salvaleón ha tenido siempre un sueldo mísero y no tiene perspectiva de poder gozar de una jubilación con viajes y aventuras. Además, Lino tampoco encontrará una segunda oportunidad para emplearse como trabajador “senior” (y así prolongar la sensación de ser funcional al sistema), en cambio, intentará aferrarse de cualquier modo a una rutina y estructura obsoletas.

#SpoilerAlert

Ahora bien, la película nos llevará a observar el choque entre dos mundos (el de la tercera edad y el de la nueva generación) y la caída de viejas estructuras (en este caso no solo inútiles sino además imaginarias). Y creo que aquí aparece uno de los puntos mas interesantes de la peli. Porque Lino responde con rigurosidad a presiones y demandas que sólo existen en su mente. Lejos de haberse convertido en el engranaje fundamental que le gustaría ser, el antiguo encargado es tan solo eso: antiguo.

En su mente, en cambio, Lino pareciera tener a su cargo una alta responsabilidad. Por ello, se impone una rigurosa disciplina como parte de su denodado esfuerzo por estar a la altura de la situación y ser digno del puesto que le ha llevado 11 años ganar.

Pero Lino no sufre esquizofrenia ni nada por el estilo, es muy consciente de que ésa es “una mentira que él se cuenta a sí mismo”, como Nin se lo hará notar. Y en esto, Almacenados presenta un tema que es trasversal a todas las generaciones: las presiones que nos auto-imponemos en la vida, bajo el convencimiento de que alguien más espera eso de nosotros.

Se trata de mentiras de las que, a veces, somos poco conscientes y que aún cuando logramos descifrar, cuesta mucho trabajo desarticularlas. Son historias que nos contamos en el afán de sentirnos queridos, destacados, diferentes o partes de algo. A veces, porque en buena medida nos pasa como a Lino, necesitamos creer que respondemos a alguien más, que otros esperan respuestas y resultados de nuestra parte y, en esa demanda, se juega el que creemos es nuestro verdadero “valor”.

Ésa me parece es una de las trampas y lugares más comunes en los que caemos los seres humanos. Ser víctimas de presiones autoimpuestas que, en muchos casos, responden a estereotipos que se han establecido socialmente y a los que consideramos debemos ajustarnos, peromientras, en otros casos, son simples lecturas que desde la necesidad o el apego hemos construido individualmente.

El trabajo, la pata coja

Lino probablemente respondía a una necesidad interna de ser funcional, útil y necesario. El motivo es algo que en la película no se revela, aunque sí se deja ver, al igual que en “Pasante de moda”, que existe una valoración del trabajo y un vínculo con las estructuras muy diferentes a las de las generaciones posteriores.

Me animaría a arriesgar (haciendo una espantosa generalización) que para quienes han nacido antes de los 70, cuestiones como la antigüedad en una empresa, el ascender dentro de la misma gracias a la dedicación y el esfuerzo, y el saberse parte de una cadena productiva suelen ser motivos de gran orgullo. Mientras que las generaciones más jóvenes (quizás del ´90 en adelante) han cultivado una mayor estima por el esfuerzo individual, el sobresalir de la multitud, emprender y ser reconocido rápidamente.

En tanto que Lino muestra gran devoción por su jefe -quien le paga un sueldo de miseria y a quien prácticamente nunca ha visto-, para Nin el ser dueño de la empresa no lo hace particularmente digno de su respeto (por eso se anima a engañarlo intentando lograr un beneficio para su compañero). Nin no respeta la estructura, simplemente responde a la necesidad de salvarse, logrando un ingreso fijo en tiempos en los que la oferta laboral es muy escasa.

Algunos baches

Para mi gusto, la película tiene solo algunas inconsistencias en el argumento (la facilidad con la que el nuevo empleado engaña a la compañía o la facilidad/liviandad con la que Lino finalmente reconoce que su trabajo es una farsa, por ejemplo), pero que son justificables por tratarse de una comedia y no de un drama documental. También creo que sobran algunos diálogos que hacen explícitas cuestiones que ya se sobreentienden a través de la trama. Aún así, esta película trae a colación temas de profundidad casi existencial: ¿qué nos hace valiosos? ¿qué nos define? ¿por qué hacemos lo que hacemos?

Tanto a Ben Whittaker como al señor Lino lo que los definía y daba valor parecía ser su conocimiento/trabajo, que al quedar obsoleto provocaba angustia. Pero mientras que “Pasante de moda” muestra que hay un valor (sabiduría) que no caduca, en “Almacenados” ese conocimiento ha sido siempre inútil. Por eso, las estructuras que se desmoronan lo hacen de manera estrepitosa. Pero la reacción de Lino no es una crisis, sino un esfuerzo por conservar aún algo de eso en pie.

Cruzando los dos relatos, creo que se evidencia la necesidad de sostener el sentimiento de pertenencia y utilidad, ése que les da a los protagonistas una valoración y una estima propia. Un sentimiento que para las nuevas generaciones parecería estar en el reconocerse por fuera de las estructuras, necesarios y destacados en su individualidad.

En resumen

Una muy buena comedia para disfrutar y reflexionar sobre demandas individuales y sociales, apegos y estructuras. A pesar de los pequeños baches y sobreentendidos, me resultó muy entretenida e interesante, con suficientes disparadores como para ser digna de un cine-debate.

Le doy 4 JoseLas ⭐⭐⭐⭐ y esta recomendación para que también la vean, la disfruten y me cuenten qué les pareció.