Sobre la vez que entrevisté a un señor extraño

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Como toda periodista que se precie, en mi corto recorrido profesional llevo ya cometidos varios errores, aunque éste, que voy a confesar ahora, probablemente haya sido el peor. Eran comienzos de 2014, yo hacía unos pocos meses que había vuelto de España y estaba comenzando a trabajar como periodista freelance, “vendiendo” algunas notas a medios locales. Como buena trabajadora autónoma, no ganaba suficiente dinero pero tenía mucho tiempo libre: “Era feliz”… mientras me duraban los ahorros.

Por las noches había retomado el hábito de la lectura y, de tanto en tanto, probaba suerte con algún autor nuevo. Recuerdo que una mañana, al pasar frente a la vidriera de una de las librerías más importantes de Rosario, vi un libro que me llamó mucho la atención. Tenía una tapa divertida y un nombre sugerente, que era como una parodia de la felicidad. Hubo una atracción instantánea: lo quería tener.

El autor era un tal Osvaldo Quirós1. Y debo confesar que me dejé conquistar rápidamente por el misterio que encontraba en sus obras. Su modo de relatar me resultaba apasionante. Las historias parecían estar siempre dispuestas a un final completamente distinto al narrado, como dejando una puerta abierta a otra historia no dicha. Cada relato, en cierto sentido, se completaba con la imaginación del lector y ese acto de generosidad literaria me parecía admirable.

Mi romance con los libros de Quirós duró unos cuantos meses, durante los cuales yo esperaba ansiosa cada noche de lectura, para disfrutar del reencuentro con las escurridizas historias, con los enigmáticos finales, las risas inesperadas y los guiños cómplices de un autor a quien cada día estimaba más.

Así, mantuve este idilio literario hasta que un día, cual alineación planetaria, leí en el periódico que el autor vendría a presentar su libro a Rosario. Era una gran oportunidad: hacerle una entrevista sería la excusa perfecta para poder compartir con él la maravillosa complicidad que había despertado en mí la lectura de sus libros.

Recuerdo redactar con ansiedad las preguntas queriendo demostrar mi admiración pero sin parecer una psicópata. Y me divertía anticipando mentalmente sus respuestas: “No puedo darte más detalles. Los desenlaces son impredecibles porque cada historia y cada personaje tiene una vida propia… la vida que el lector les da”.

Definitivamente, tenía todo para que aquel fuera un momento inolvidable… y ciertamente lo fue.

Al entrar al salón en el que Osvaldo Quirós brindaba su conferencia, me sorprendí al ver a un señor totalmente distinto del que yo imaginaba: un bronceado excesivo, una camisa color pastel de marca de primera línea, un pullover colgando de los hombros y un tono de voz semi-gangoso, me devolvían la imagen de un adinerado gentelman de la recoleta porteña. Un hombre, sin dudas, muy alejado del escritor bohemio y enigmático que yo esperaba encontrar. Quirós era un tipo cheto y en apariencia bastante superficial: era, sin dudas, un señor extraño.

Pero yo no estaba dispuesta a dejarme desanimar ni por un tren en contramano. Así que hice un gran esfuerzo por desoír los prejuicios que se apelotonaban en mi cabeza y pensé: “si sus libros lograron sorprenderme, ¿por qué su imagen no podría hacerlo también?” Definitivamente tenía que ir más allá. Me senté detrás de las viejas coquetas que se amontonaban en las primeras hileras del salón y esperé ansiosa el momento de quitarme esta incertidumbre que crecía a pasos agigantados en mi interior.

Al finalizar el evento y después de que Quirós hubiera firmado hasta el último ejemplar que le solicitaron, finalmente, yo pude tener mi tan ansiada entrevista.

Ciertamente la experiencia fue tan distinta a lo esperado que ya no puedo ni recordar una sola de sus respuestas. En cambio, recuerdo la indescriptible desilusión que me embargaba al descubrir que las historias implícita que yo había imaginado en sus textos eran para él simplemente inviables y que, donde yo no hacía más que ver interrogantes, él tan sólo podía señalar certezas: las de lo estrictamente literal.

Rápidamente empezó a cobrar fuerza en mí un creciente enojo hacia este antipático personaje que me estaba robando -con carácter retroactivo- toda la inocente felicidad vivida junto a mis (sus) libros.

Recuerdo que en un momento dejé de preguntar. No me interesaba saber nada más de este extraño señor. Di por finalizada la entrevista, salí rápidamente del salón y mientras bajaba los escalones que me devolvían a la calle, tomé el grabador, miré fijamente el número que marcaba la última pista grabada “05.02” y oprimí el botón rojo que decía “delete”.

Sólo con el paso de los días me pude ir reconciliando con la anécdota y entender que no podía esperar que ningún Osvaldo Quirós (ni Juan de los palotes) viera o imaginara lo mismo que yo había visto en los textos y que, menos aún, le podía permitir que me lo quitará. Después de todo, la risa, la emoción, la intriga y la diversión que yo había vivido habían sido reales, mucho más aún que los personajes de sus novelas.

Sabía que nadie era dueño de las palabras y menos de lo que otros hacían con ellas. Como ahora mismo sé que dos personas cualesquiera podrían estar leyendo esto e imaginarse, una, que se trata de una hoja de un diario íntimo y la otra, que es un relato de ciencia ficción. Probablemente, ambas con distintos argumentos estarían en lo cierto y, por supuesto, no necesitaría de mi consentimiento para ello.

Creo que lo verdaderamente importante de esta historia es que, por algún motivo, yo llegué hasta aquellos libros y tuve mi propio viaje con ellos. Así como también vos, que estás leyendo ahora, por algo llegaste hasta acá e hiciste tu propio recorrido mental…

En todo caso, lo único que podemos esperar -tanto Osvaldo Quirós como yo- es que “el viaje” haya sido entretenido.

  1. El nombre del autor de los libros está alterado a los fines de no “joderle” el viaje a ningún otro posible pasajero. 

El galán del 133

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Allí estaba yo, haciendo inútiles esfuerzos por desocupar una de mis manos cargadas de bolsas, para hacerle señas al colectivo. Y es que los tupper wares de mamá, las compras improvisadas en la terminal de ómnibus y el bolso lleno de ropa -y con una hamaca paraguaya que hacía tiempo quería traerme de casa- no me dejaban margen de maniobrar. El regreso de Santa Fe suele ser así. Moverme cual Ekeko borracho de un sitio a otro ya es un clásico cada vez que visito a mi familia.

Por suerte, también estaba en la parada de colectivos un chico de unos veintitantos años, cuya redondez no pasaba desapercibida, y que logró detener el colectivo de inmediato. En el coche, no éramos más que 5 o 6 pasajeros; algo normal teniendo en cuenta que era feriado, de siesta y acababa de caer un chaparrón absolutamente desalentador para cualquier tipo de plan.

Entonces, ahí estábamos, a nuestras anchas, los escasos pasajeros de la línea 133 disfrutando de un viaje prácticamente exclusivo; cuando de repente, el chico que había subido conmigo -y que se había sentado al fondo- comenzó a mantener un diálogo telefónico con un tono de voz más adecuado para la megafonía de un aeropuerto que para este desnutrido colectivo:

-Hola, ¿Cris? Sí, soy yo. Se me cortó. ¿Te acordás de mí? Nos conocimos anoche. Sí, sí. Yo soy el gordito. –dijo, sonando tan ‘bizarramente’ casual que resultaba difícil creerlo.

En esta instancia, yo, que unos días previos había consumido una sobredosis de cámaras ocultas brasileñas viralizadas por las redes sociales, automáticamente asumí que se trataba de un engaño: Que nadie realiza ese tipo de llamadas, el “día después” de conocer a alguien, desde un colectivo; que este tipo nos quería hacer tragar la historia para convertirnos en involuntarios testigos de un falso desengaño sentimental; y que en breve lo tendría tirado en el suelo del coche, pataleando y moqueando el rechazo sufrido, buscando consuelo entre los pasajeros, y riéndose a las espaldas de sus inocentes víctimas. Entonces, crucé una mirada cómplice con la chica que se sentaba un poco más adelante y seguí el juego con aires de superación:

-Sí, ése. ¿Vas a ir hoy?

La pantomima continuaba, aunque para estas alturas, debo confesar que yo ya sentía cierto involucramiento con la historia. Una intensa curiosidad por saber lo que decía la persona al otro lado de la línea se había apoderado de mí, y no sé bien por qué, pero en ese momento, deseaba con todas mis fuerzas que “Cris” se acordara de él. Por un lado, eso definitivamente descartaría la posibilidad de una cámara oculta y, por otra parte, no creía que el resto de los pasajeros ni yo estuviéramos preparados para recibir el impacto de un rechazo con tamaña exposición pública -y menos aún el impacto de la humanidad del gordito chillando en el suelo.

-¿En media hora, más o menos? -preguntó él.

Y ahora sí, ya absolutamente implicada en la conversación, me dije a mí misma: “Está tirando demasiado de la soga, el gordito”. Y casi me doy la vuelta para hacerle un comentario aleccionador. Por suerte, inmediatamente recordé mi rol de pasiva espectadora y seguí escuchando:

-¿Cuánto? ¿Una hora, entonces? -indagó el Don Juan del transporte urbano

Eran segundos definitivos. O nuestro candidato pasaba a las ligas mayores o de vuelta al banquillo… a esperar una nueva oportunidad… la tensión se percibía en el aire.

-Dale. Buenísimo. Nos vemos en una hora. ¡Un beso! -cortó triunfal el gordito.

Me sentía estúpidamente contenta. No sé si porque finalmente no había habido un desenlace trágico; porque no había sido víctima de ninguna cámara oculta; o porque, simplemente, tenía la romántica ilusión de estar asistiendo al comienzo de un acontecimiento de cierta “importancia” en la vida sentimental de aquel gordito…

Ahora, él se había convertido en el involuntario protagonista de una historia que yo había construido durante el par de minutos que duró su conversación telefónica… ésa era “mi” historia, la que yo quería creer. Y en ella, el gordito representaba a todos los gorditos del mundo; a esos que no usan Tinder ni Happen, porque no encuentran una foto de perfil que disimule bien sus kilos extra. Pero además, también era un superhéroe en la era digital. Él era de los que se bancaban el  “cara a cara” sin pestañar; alguien que había aprendido a sobrevivir a la batalla de selfies, demostrando que había ciertas cosas que no debían cambiar. Él era ‘ese’ gordito que se ganaba las oportunidad aplicando estrategias improvisadas en vivo y en directo, sin emoticones ni photoshopeadas… sino, remándola.

Unas pocas cuadras después, este galán de la línea 133 se bajaba del coche, mientras yo me quedaba pensando en que poco importaba si “Cris” era mujer o varón, si habían quedado para ir juntos al geriátrico a visitar a su abuela o para escuchar un recital de Arjona; es más, ni siquiera importaba si todo el show había sido tan sólo un montaje del gordito para pasarse un buen rato y levantarse la autoestima. La verdad, lo mismo daba…. En mi cabeza, él ya se había ganado una cita en muy buena ley y, ahora, para mí, todo el colectivo brillaba en silenciosa algarabía .

Una cerveza más…

cerveza

Fue casualidad o quizás no. Hoy, cuando Priscila me escribió para decirme que estaba en la esquina de nuestra vieja casa de Barcelona y que “con cuántas ganas se tomaría ahora una cerveza ahí, con Estrella y conmigo”, como cada noche cuando nos encontrábamos al final del día para compartir ese rito sagrado. Y su mensaje me recordó a todas esas otras veces que nos escribimos con Lorena, también para decirnos la falta que nos hace tomarnos una caña, ahí, en las escalinatas de la Plaça de la Virreyna…

Y yo, ahora tan lejos de ellas, me pongo a pensar en todo lo que decimos -o mejor dicho callamos-, cada vez que hablamos de esas “cervezas”. Porque la caña -o el porrón-, en verdad, no era más que un accesorio, un detalle, el marco de un cuadro… Cuando tomábamos una cerveza -juntas-, también vomitábamos fantasmas, levantábamos fortalezas y construíamos castillos.

A veces, abríamos confiadas las puertas del infierno y dejábamos salir nuestros demonios más temidos, a sabiendas de que íbamos a presenciar un increíble acto heroico por parte de nuestra amiga: íbamos a verla batear con todas sus fuerzas a esos seres de las tinieblas y lanzarlos muy lejos… tanto, que ya casi ni se verían, o tal vez sí, pero mucho más pequeños… diminutos… Y no asustarían ni nos angustiarían tanto. Y entonces, de la nada, se produciría también el milagro y explotaría una carcajada en el aire o veríamos llegar una sonrisa inesperada. Hechos que rápidamente barrerían con todo el drama y nos pondrían en perspectiva… porque nos harían entender lo felices que éramos de tenernos y lo agradecidas que estábamos de habernos cruzado, de contar una con la otra…

“Esas” eran nuestras cervezas redentoras.

Por eso, no hace falta ni que lo digan… yo sé que nos pasa lo mismo…

Que de tanto en tanto, empezamos a sentir ese ardor en el estómago -fuego de demonios guardados o de risas reservadas- y un vacío que se extiende hasta el pecho. Entonces, nos damos cuenta de que en verdad tenemos mucha sed y de que, hace tiempo ya, que esperamos ansiosas poder tomarnos juntas otra cerveza.

Lentes no, gracias.

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Entre la miopía y yo existe una relación de amor-odio que se ha venido tejiendo a lo largo de estos últimos y borrosos años de mi vida, y que merece unas líneas aclaratorias. Por mi parte, al principio fingí ignorarla a la espera de que sea realmente cierto eso de que también se mata con la indiferencia. Ella, en cambio, se dedicó a enseñarme día a día los pros y los contras de negarme a ver la realidad con claridad. Y aunque la gente se canse de advertirme que debería usar lentes, no es por estética sino por romanticismo que no les llevo el apunte….

Por un lado, si bien es verdad que no reconocer los números de los colectivos o los nombres de las calles por la noche me trae algunos inconvenientes, también hay algo peculiar y atractivo en esto de ‘ver’ pero ‘no tanto’ (algo que definitivamente no pienso confesar a mi psicoanalista). Y es que cada vez que paseo por las calles de la ciudad, hay una historia visual y paralela que se va tejiendo a mi paso. La leve miopía que me acompaña me separa sutilmente de la realidad definida, abriendo una imperceptible bifurcación entre ella y yo; un espacio que se rellena casi mágicamente. Porque cada vez que camino entre esas siluetas de bordes poco definidos con caras borrosas, descubro con sorpresa el modo en que mi mente completa la información faltante con retazos de otra realidad, rebuscando en su base de datos hasta sacar de la galera algún rostro olvidado, un personaje distante, un amigo de otras latitudes o algún ser querido – que tal vez ya no está más-, que pueda encajar en esta nueva silueta que se acerca. Así, a veces, me descubro ilusionada divisando una figura que a la distancia se me ocurre familiar y entonces, se me dibuja una sonrisa imaginando el ficticio reencuentro. Son instantes que disfruto durante esos pocos segundos que la confusión sobrevive en el aire… hasta que la cercanía de la silueta me devuelve a otros rostros y otros tiempos…  Pero no es sólo a estos viajes imperceptibles a los que no estoy dispuesta a renunciar. Están también esos otros momentos, como cuando la otra tarde Bibi me comentó que tendría que cambiar los cerámicos de la cocina porque el plomero le iba a picar toda la pared, y yo miré atentamente los cerámicos que se ubicaban a un par de metros de distancia y descubrí divertida que llevaban el simpático dibujo de una vaca. Se me ocurrió que era algo fuera de lo común y gracioso, que seguramente no serían fácil de conseguir… y los examiné con detenimiento. Ahora me llamó la atención que el simpático bovino fuera de color rosa, por lo que enseguida comencé a sospechar de la legitimidad de mi vaca. Así que, fingiendo no reconocer el dibujo, le pregunté a Bibi cuál era la imagen que tenían los cerámicos. “Un mortero y un pimentero”, contestó señalándolos. Y desde algún lugar en las profundidades, comenzó rápidamente a surgir la forma y el sentido. Ahora me sorprendía todo lo que estos utensilios se parecían a “mi vaca” y el hecho de que si bien mi primera visión tenía mucha más gracia, ciertamente ésta tenía mucha más lógica. La realidad a veces desencanta, pensé, mientras extrañaba a “mi vaca”, ausente en la pared, y me convencía, una vez más, de que lentes, no. Gracias.

Como turista de barrios

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Hay una sensación que me acompaña desde la primera vez que me fui de viaje. Es difícil de explicar pero, a menudo, cuando por algún motivo paso por una zona de la ciudad que desconozco, es como si volviera a sentirme turista… y es que en verdad soy una turista en “ese” barrio. Sé que suena a que no tuve vacaciones y eso me afecto, pero es algo más complejo. En esos momentos, en que veo todo con ojos de turista, empiezo a imaginar cómo será la vida de la gente que habita las casas de ese barrio…. o mejor dicho, cómo sería “mi” vida en ese barrio. Es como un ejercicio mental en el que traslado mis hábitos a otros hábitats. Entonces, me imagino bajando del colectivo en la esquina, entrando en una de esas casas con jardincito al frente, cruzando al supermercado o tomándome un porrón en el barcito de la esquina… y así, distraída en mis divagues, es que suelo soltar – tal como lo hice hoy- un: “¡Qué ganas de tomarme una cerveza en el bar de la esquina!”. Y es que en ese momento, ése ya no es “un” bar más en la esquina, sino “mi” bar, porque yo ya no soy yo, sino esa otra que se bajó del colectivo, entró en su casita con jardín al frente, cruzó al supermercado y que, ahora, busca descansar tomándose un porrón en el bar. Pero, claro, quienes no saben que yo ya no soy yo, suelen responderle sorprendidos a la antigua yo -tal como hoy lo hizo mi novio- “¿En ese bar horrible? Pero si hasta tiene pinta de sucio… ¿qué le ves?”. Y es ahí que me meto en un dilema: o explicar que me encariñé con ese bar porque queda en la esquina de mi ‘ficticio’ nuevo hogar -y que entonces la otra persona piense que estoy totalmente loca-, o defender lo indefendible, diciendo que ese bar tiene algo de encanto -y soportar las burlas por mi total falta de buen gusto.

En ese momento, caigo a tierra como si me hubieran desinflado el globo aerostático en el que venía viajando y vuelvo a mirar a “mi” bar fingiendo distanciamiento, para confirmar que es un bar feo, sin gracia y con pinta de sucio… Pero es inútil, porque ése ya no es un bar en singular, ahora él es “todos” los bares -los que alguna vez estuvieron en una esquina y los que no. La nostalgia ya se apoderó de mi mirada y yo no puedo evitar sentirme culpable por pretender juzgar a ese bar que alguna vez se me brindó generoso, que me dio sus sillas para que me desparramara cuando estaba cansada y sus mesas para que brindara con lo que más quisiera -o pudiera- cuando estaba feliz. Y por eso, no puedo evitar tampoco querer a este bar desconocido, en el que descansé durante un segundo eterno, tomando una imaginaria cerveza helada, charlando hasta la madrugada y riendo a carcajadas…

Un bar del que me enamoré inevitable y repentinamente, de la más mágica de las formas en que uno es capaz de enamorarse: sin absolutamente ningún motivo aparente.

Un día díficil o sobre cómo la escritura me salva de la locura

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Cuando apenas arrancás una de esas largas mañanas repletas de trámites y tareas y lo primero que te pasa es pisar una baldosa floja de la vereda, que justo está siendo baldeada, empapándote hasta la rodilla de una solución acuosa -que rogás, por favor, que no sea lavandina-, ya podés adivinar que se viene un día complicado…  aún así, nunca sabrás cuánto…

Ya un poco irritada y con tu look de “me llovió de la rodilla para abajo”y no me importa, te parás a esperar el colectivo, ignorando las maliciosas sonrisas de quienes no comparten tu estilo. Sabés que tenés los minutos contados y empezás a impacientarte, pero 20 minutos más tarde, la poca paciencia que tenías se esfuma al comprobar con irritación que ninguno de los colectivos que tendría que haber pasado, lo hizo. Comenzás a verificar febrilmente la aplicación del móvil, tratando de entender por qué carajo no pasa ningún colectivo… hasta que a lo lejos empezás a oír un coro de voces infantiles que se acerca cantando “como las águilas, como las águilas, sus alas levantarán” y comprobás con horror que una rebaño de inoportunas ovejas del señor avanza ocupando todo el ancho de la calle y cortando el paso a los colectivos. Acto seguido, con total desazón, verificás que los coches de las líneas 136 y 137, que se adivinan detrás de la procesión de ovejas descarriadas, doblan con rumbo indefinido. Te debatís entre salir corriendo al encuentro de los colectivos o prenderle fuego a todas las ovejitas del demonio…Por suerte, optas por la segunda opción.

En eso, para sumar a tu buen humor, te llama el gasista para comentarte que sigue encontrando tuberías podridas en tu casa y te empezás a plantear cómo sería la vida sin gas. Si bien no te disgusta la idea de prescindir de la cocina, sabés que no ducharte en invierno podría generarte problemas de pareja, así que le decís que corte, cambie o haga lo que le parezca pero lo solucione. Llegás al médico -que por supuesto llega más tarde que vos- con la esperanza de que te quite esa solución horroroza que te recetó tomar para la lesión en el hombro. Para tu sorpresa, te dice que el tratamiento tiene que seguir por lo menos 4 o 5 meses más. Te sentís estafada, de la misma manera que cuando el alergista te propuso aquel eterno tratamiento con un carísimo spray, que te dejó exactamente igual que antes. Salís del consultorio sabiendo que no pensás seguir tomando esa solución espantosa.

Recién estás llegando a media mañana y ya sentís como si tuvieras una enredadera en la cabeza. Te asaltan unas ganas irrefrenables de escribir para descargarte. Te das cuenta que hace mucho tiempo que no estás escribiendo y que, ahora, tenés una excusa para hacerlo. Y es ahí, en la puerta de la clínica, que mirás al cielo y es como si las nubes se abrieran y el sol saliera para iluminarte; entonces, entendés que hoy, además de joderte el día, la vida también tenía planeado que hicieras algo más, por vos, y finalmente, le sonreís.

Lo siento… ¡es todo culpa mía!

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Cada vez que navego en las redes sociales o leo los periódicos y veo a la gente super enfadada, criticándolo todo: que si el presidente, que si las medidas, que sí, que no… Cada vez que me siento a leer lo que está pasando en el país… y el mundo… no puedo evitar el tormento por esta angustiante verdad que me carcome por dentro y aún no me animo a revelar… pero hoy, necesito aclararlo: toda la culpa es mía, señores.

Sí, sé que suena fuerte… y hasta hoy, yo tampoco estaba dispuesta a concederme ese rol tan ruin dentro de la historia. Pero es así, poco a poco lo he ido comprobando.

Comencé a atar cabos hace aproximadamente unos 4 años, cuando unas amigas de Priscila vinieron a Barcelona para salir de fiesta y, en su ingenuidad -y por entonces también la mía-, me invitaron a ir con ellas, sin sospechar que esa apocalíptica noche, se nos revelaría también el trágico destino del mundo. Y así fue que misteriosamente, cada uno de los alucinantes planes que el grupo había organizado se fue desarticulando… uno a uno. Y a medida que cosas cada vez más increíbles sucedían (que si una banda cancelaba la función porque se habían enfermado todos los músicos, que si un local cerraba porque se había muerto el dueño, que sí, que no..), a medida que la noche se acercaba, comenzaron el revuelo, los comentarios y luego, la contundente realidad: “Jose, tú eres el gafe”, concluyó el grupo.

Pero entonces fueron todo risas y aunque finalmente -para que el resto del grupo pudiera salir- yo tuve que desistir de acompañarles, en realidad no me lo creía. Me reía porque simplemente me parecía que habían ocurrido un par de desafortunadas coincidencias…

Sin embargo, este episodio quedaría marcado a fuego en mi memoria y a partir de allí, comenzaría a pensar en mi suerte como algo más macro, más poderoso, expansivo y quizás ¿nocivo? ¿Podría estar afectando yo la realidad de otras personas y del mundo a mi alrededor? Fue entonces que comencé a echar cuentas:

En 2006, con todas mis ilusiones, partí hacia Europa para cumplir el sueño argentino más popular: ‘irse a la mierda’… y llegué a Irlanda, que por esa época era un país inmerso en un extraordinario y veloz proceso de crecimiento económico. Estuve residiendo en Dublin -aprovechando los beneficios de esta situación financiera- hasta fines de 2007, justo cuando comenzaron a verse las primeras evidencias de un inminente y devastador proceso recesivo. Y aunque ahora todos dijeran habérselo visto venir, la verdad es que, por entonces, ni ellos ni yo sospechábamos lo que en realidad estaba sucediendo…

Dejé a Dublin en la puerta de terapia intensiva y decidí mudarme a Barcelona… Sí, señores, a fines de 2007, justamente el año en el que todos reconocerían luego que comenzó a gestarse una de las peores crisis contemporáneas del país: “la burbuja inmobiliaria”. ‘Habrá que aguantarse’, pensé… y así lo hice.. durante más de 5 años… hasta que ni yo, ni el país, lo soportamos más… Fue entonces que, cansada de remarla en tierras ajenas y algo nostálgica, entre los rumores del cambio de rumbo de la Argentina y de las oportunidades laborales de mis colegas, decidí iniciar mi propio ‘plan retorno’…

Pero yo les juro que no me lo imaginaba… o no lo quería reconocer. Recién ahora entiendo que es así… ¡es la verdad! He logrado el más impopular de los récords mundiales: ‘¡He fundido 3 países en 10 años!’ Así, sin hacer esfuerzo… Por eso, ahora, he comenzado a intentar sacar partido de esta maldición que me acompaña.

Ya que la vida me ha destinado a cumplir este papel tan malicioso en la historia de la humanidad, digo yo que será hora de encontrarle un fin de lucro, así sea a través de la extorsión… Ahora mismo estoy mirando el mapa y alzando mi grito: ¡Prepárense mandatarios del mundo, mi próximo destino podría ser su país!