Microrrelatos encuarentenados

Aislamiento

Hacía años que vivía encerrada en sus pensamientos, añorando tiempos y personas que ya no estaban. La cuarentena sólo vino a confirmar lo que ya sabía: el mundo actual era una mierda. Difícilmente encontraría razón para querer salir de casa. Todo había cambiado demasiado y para mal. El afuera daba miedo. Y, sin embargo, cuando vio escurrirse por debajo de la puerta la nota que decía “Soy su vecino del 4B. Por favor, si necesita algo, no salga. Yo puedo hacerlo por ud. Ariel”, no pudo evitar que una marea de lágrimas caliente le lavara el rostro y la mirada.

Reconciliación

En realidad nunca hubo tal cosa como una reconciliación. Sólo la imposibilidad de abandonar su lado. La prohibición de transitar, de marcharse. Y la inevitable necesidad de convivir. A eso decidieron llamar reconciliación. Después de todo, no es muy diferente de lo que hacen miles de parejas por comodidad o miedo. Finalmente, la cuarentena no era más que una reformulación de viejas excusas. Pero sabe Dios que no hay matrimonio bien concebido capaz de rehuir a un buen subterfugio, por más torpemente que se haya instalado.

Control extremo

Ni en los mejores sueños de Marie Kondo era posible tener una casa tan limpia y ordenada. La ropa estaba dividida por colores y temporadas. La biblioteca alfabéticamente organizada. No había rincón que escapara a su control. Por eso, las rutinas de desinfección no le preocupaban. Había oído que esto era una guerra contra un enemigo invisible. Sabía que cualquiera podía ser potencial portador del virus. Y no iba a permitir que ningún caballo de Troya ingresara a su hogar. De hecho, así fue. Jamás pudo sortear su minuciosa inspección y esterilización, ni el Coronavirus ni ningún amor.

Virtuosismo de cuarentena

La suerte y el amor le rehuían casi en iguales proporciones que la inteligencia y las habilidades. Solo un curioso talento para imitar y hacer burla de otros le había valido algún interés entre sus conocidos. Por los demás, Héctor era un perdedor con todas las letras. Pero ganar o perder es cuestión de oportunidad. Y la cuarentena le brindó la suya. En su pequeño monoambiente, Héctor hacía videos de imitaciones que subía a la red. El boom no se hizo esperar, ni los sponsors ni los admiradores. En medio de la pandemia, el virtuosismo adquirió nuevo significado.

Muerte

La parca miró a la humanidad con recelo. Se sentía vieja y obsoleta. Ya no se escabullía entre sombras para precipitarse sobre sus víctimas. Los humanos se las habían ingeniado para ser su principal causa de muerte. Depresiva e insatisfecha, la parca ideo un plan de venganza. Y mientras las personas se encontraban confinadas, multiplicó la vida del resto de las especies: los animales salvajes tomaron por asalto las ciudades; y la vegetación creció y floreció, creando selvas donde antes había aridez. En pocos meses, el hombre viviría enjaulado, mientras el reino animal y vegetal era finalmente liberado.

Grillos

Reunió a los pequeños insectos de acuerdo al ritmo de su grillar. Amaba aquel chirrido en que reconocía un armónico cantar. Y con paciencia y cariño, logró formar su propia orquesta de percusión. En las noches de cuarentena, dirigió magistralmente aquel prodigio, haciendo las delicias de los vecinos; quienes aplaudían con gran entusiasmo y a gritos pedían sus canciones favoritas desde los balcones. Pero muy fugaces serían aquellos 15 minutos de gloria. Y el fin de la pandemia reemplazó la percusión de aquella insólita orquesta por la de una frenética lluvia de chancletazos propinada por los ahora insomnes vecinos.

Gracias al blog de Lídia Castro Navas y sus desafíos, que me inspiraron a intentar escribir mis propios mini relatos.

Volver a ser un@ mism@

Jugando con Lídia Castro Navas

No era una academia convencional, allí aprendíamos a ser nosotr@s mism@s. Los años de pandemia nos obligaron a recluirnos y cumplir con estrictas normas morales, para evitar ser denunciados o desaparecidos. Por temor, nos acostumbramos a hacer lo que el ojo de los otr@s esperaba y, paulatinamente, olvidamos cómo escuchar nuestros propios deseos. Cuando finalmente volvimos a habitar las ciudades, no supimos cómo hacerlo. El miedo nos había vuelto autómatas y nuestro mayor desafío fue entender quiénes éramos en realidad. La escuela -ahora obsoleta- fue reemplazada por el “club de la personalidad”, donde jugando aprendimos a redescubrir nuestros deseos. 

Sin derecho a quejarse

Llevo una semana de muy mal humor. Ese tipo de fastidio que no quiere ni ser compartido ni reparado. No, no me interesa intentar salir de mi estado de malestar. Pero ¿Por qué?, pregunta David. Y es una buena pregunta que no puedo responder. Quizás, que ni siquiera tengo ánimo de formularme.

No, no le puedo echar la culpa al embarazo, que la verdad, hasta ahora ha sido de lo más tranquilo y cómodo. Ni a las hormonas, porque nunca fui de culpabilizar a mis propias sustancias químicas. ¿La cuarentena? ¿Qué decir? Si lo único que ha puesto en evidencia es que soy de la clase privilegiada que puede conservar el trabajo, hacerlo desde casa y tener todas las facilidades necesarias para surfear esta situación con total comodidad. No, me encantaría pero no, no puedo echarle la culpa a la cuarentena. En estos momentos, me gustaría ser esa clase de persona que fácilmente encuentra a quien -o que- inculpar y se queda tan tranquila, sabiendo que ya no es tema suyo.

Yo, en cambio, me siento sin derecho a quejarme y me encuentro a solas con este incómodo malestar, siendo su única responsable. Me imagino que Marta diría algo así como que no le estoy dejando lugar a mi subjetividad en este tema -o eso me gustaría creer- y pienso que debería retomar terapia aunque sea de modo virtual. Pero ni de eso tengo ganas.

En verdad, casi lo único que me da la gana hacer es asistir a mi infaltable cita con La sombra del viento. Solo espero que lleguen las 10 u 11 de la noche para seguirla leyendo… me pregunto qué pasará cuando este romance se acabe, porque la realidad es que hacía mucho tiempo que no me enganchaba así con ningún libro y tampoco he visto que el tal Zafón tenga más novelas de descarga gratuita.

Pero volviendo a lo que diría mi psicóloga, que no la consulté, pero como está muy de moda la autoayuda -aún a riesgo de terminar peor de lo que comencé-, voy a asumir por esta vez los dos roles. ¿Reconocer que hay realidades mucho más complicadas y complejas que la propia nos quita el derecho a poder expresar el propio malestar? Sí, creo que Marta me preguntaría algo así… Y mi respuesta sería un rotundo NO. Sí creo que un@ no debe caer en el drama y la autocompasión, que -corríjanme si me equivoco- jamás ha demostrado resolver ni zafar a nadie de ningún malestar, sino todo lo contrario.

Pienso que atrevernos a hacer lugar al propio malestar muchas veces constituye un desafío en sí mismo, no sólo porque implica ponerse en una posición de afectad@ sino también porque nos obliga a hacernos cargo de eso que nos pasa. Al malestar -que no precisa derecho ni pide permiso- hay que reconocerlo y comunicarlo. Hay que saber que cuando un@ no está de buenos ánimos -y no tiene por qué estarlo- lo más lógico es dejar que esa incomodidad nos vaya mostrando sola el camino de salida, dejándola crecer y orientarnos; mostrándonos de a poco algunas de sus causas y posibles remedios.

Yo llevo una semana con mi malestar y a esta altura no es verdad que no sepa nada de él. Ya tengo bastantes indicios de la variedad de cosas que me incomodan y, si bien es verdad que reconozco todo lo que traigo a favor en esta cuarentena, no por eso voy a creer que no me impacta. Me afecta tanto como transitar el embarazo en estas circunstancias y no poder planificar ni organizar la llegada de Lúa.

Todo esto me toca de igual modo que a cualquier otr@ (por más privilegiad@ y beneficiad@ que haya salido en el sorteo). Y eso no significa pensar que una es la única con malestar, ni ignorar la realidad de tantas personas que han quedado sin trabajo, que se encuentran en situación de alta marginalidad, exposición, vulnerabilidad y desamparo. No, la situación de ell@s merece la atención de tod@s, pero el malestar propio reclama también un lugar en la agenda de cada un@.

Y como receta final: un auto-mimo… después de vernos cara a cara con nuestro malestar, también darle lugar a un momento de bienestar: un libro, una peli, un abrazo, un loquemasteguste.. todo vale para reconciliarnos con esa parte nuestra que rehuye a acomodarse o evadirse y que legítimamente nos reclama atención y acción.

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Refugios

Hay lugares, personas y aromas que con el paso de los años se han vuelto algo así como refugios mentales. Rincones a lo que cada tanto necesito volver para experimentar cierta armonía espiritual (probablemente lo más cerca de la meditación que me ha sucedido).

Uno de mis lugares favoritos para volver es una casaquinta que mi familia compró cuando yo tenía 8 o 9 años. Por el cambio de paisaje, ritmo y acústica que suponía respecto a mi casa en el centro de la ciudad, ir hasta ese terreno, ubicado en el kilómetro 17,5 de Rincón Norte (a sólo unos 20 minutos de Santa Fe), para mí era prácticamente como viajar a otro país. Además, en honor a nuestra playa preferida en Torres (Brasil) habíamos bautizado aquel lugar con el nombre de “Guarita” y así lo anunciaba, con letras grabadas a fuego, un cartel de madera colgado en el ingreso del terreno.

Hay que decir que no existe relación entre la corta distancia que separaba ambas casas y las diferencias abismales que significaban en mi día a día. Mientras que mi habitación en la ciudad era como un bunker de guerra, el cual yo cerraba herméticamente para que no entrara ningún rayo de luz, y que en las noches más calurosas de verano insonorizaba con el ruido de un viejo aire acondicionado, que me aislaba de absolutamente todo; la habitación que en Guarita compartía con mi hermano tenía persianas metálicas que de día dejaban entrar la claridad del sol y, de noche, el intenso resplandor de la luna. Sin embargo, ello jamás me impidió conciliar el sueño, ni eso ni el sonido de grillos, búhos y sapos, que al fin de cuentas me resultaban un somnífero mucho más eficiente que cualquier motor de aire acondicionador.

Por otra parte, cuando despertaba en calle San Jerónimo lo habitual era sentir el ruido de las máquinas de escribir, el movimiento de sillas y escritorios, y el murmullo de los oficinistas que trabajaban en las dependencias de la administración pública del edificio contiguo. Y una vez desayunando, el soundtrack siempre incluía la vibración de algunos vidrios producto de los colectivos y los autos que en horas picos se acompañan de bocinazos y alguna que otra puteada. En Guarita, en cambio, lo primero que oía muy temprano -aún de madrugada- era un gallo algo desorientado, que antes de las 6 am pegaba algún que otro alarido. Por suerte, yo no tenía problema para conciliar el sueño nuevamente, hasta que la claridad y los pájaros me hacían notar lo que me estaba perdiendo. Los días de sol eran como una inyección de endorfinas, asomarse y verlo brillar con tal intensidad era como un escudo gigante contra el malhumor.

Recuerdo unas vacaciones que las pasamos completas en Guarita, mientras papá trabajaba e iba y venía de la oficina. Teníamos uno de esos pequeños televisores culones Noblex de color rojo, de los de transmisión blanco y negro, en el que los canales se cambiaban girando una perilla. Aunque mucha falta no hacía, porque solo había dos canales de aire (ATC y canal 13) que, además, transmitían en franjas horarias limitadas.

Mi equipo de supervivencia entonces constaba de un diario íntimo y de anotaciones varias, revistas y cuentos -de los que habitualmente nos proveíamos con cierta anticipación en una casa de compraventa de libros-, un radiograbador y una colección de casetes de Roxette, New Kids on the Block y grupos brasileros.

También la casa tenía su propio equipamiento de cartas, dados, paletas de tenis y, por supuesto, la pileta era siempre el principal atractivo. Sin embargo, si bien podíamos darnos un chapuzón antes del almuerzo, había que esperar hasta después de las 16hs para volver al agua, supuestamente porque mis padres adherían al -nunca bien ponderado- mito de los calambres en la panza. Aunque siempre sospeché que la verdadera razón era que no querían ruidos molestos ni preocupaciones durante la siesta religiosa.

Por la mañana, en Guarita había actividades varias, entre las que se contaban los chapuzones en la pileta; jugar con nuestro perro Dick (que lamentablemente falleció antes de que supiéramos que su nombre significaba pene en inglés, así que jamás pudimos disculparnos por eso) y que también adoraba los chapuzones en la pileta (así como las cunetas inundadas de agua podrida); y las visitas diarias de la manada de perros de la zona (entre ellos el más fiel de todos, llamado “Pucho”, que se parecía mucho a las cenizas de un cigarrillo consumido, aunque dudo que por eso lo hubieran bautizado de ese modo).

Además de las paletas de tenis, también teníamos un mini juego de croquet, que si bien era bastante aburrido, nos entretenía por un buen tiempo entre que montábamos todos los pequeños arcos y nos poníamos a jugar. Aunque creo que la verdadera y mayor utilidad del juego era que los palos también servían para espantar a las tijeretas, que solían hacer sus vuelos rasantes por sobre nuestras cabezas, cada que vez que nos acercábamos a alguno de “sus” árboles.

Otra rutina religiosa era ir hasta el río, que si bien estaba a apenas a unos 200 o 300 metros, podía convertirse en toda una aventura, ya que muchas veces aprovechábamos para meternos en el terreno de algún vecino que tenía hamacas o algún otro juego, buscar víboras o cazar enormes sapos. También era un gran atractivo detenernos a admirar los cientos de renacuajos que nadaban en la orilla y escuchar el ensordecedor croar de las ranas.

Pero, sin dudas, uno de mis momentos preferidos en Guarita era cuando caía la tarde-noche, después de haber pasado más que suficiente tiempo al sol y haciendo actividades, papá llegaba de trabajar y sacaba una silla al jardín. Su equipo de supervivencia consistía en su atado de cigarrillos -que podrían haber sido los imparciales-, su vaso de vino tinto y el radiograbador. Ahora sonarían seguramente Silvio Rodriguez, Pablo Milanés, Alberto Cortéz, Mercedes Sosa o, quizás, Caetano Veloso.

A medida que el sol se iba yendo, el paisaje cambiaba radicalmente: siempre había que sortear la molesta presencia de los mosquitos de las 19 horas, pero pasada esa hora pico, el olor a césped humedecido y el sonido de los grillos y sapos inundaban el ambiente. Mis misiones eran variadas: discriminar y contabilizar las dos clases de luciérnagas que había (las del brillo verde en los ojos y las del culo encendido); descubrir el escondite de los Tucu-tucu que avanzaban subterráneamente por el terreno; y encontrar y destruir los viejos pellejos de chicharras. Luego, por supuesto, compartiría mis descubrimientos con papá, mientras repasábamos las pocas constelaciones de estrellas que conocíamos o hacíamos planes para los días siguientes.

A medida que la noche avanzaba, el sonido de las chicharras se podía volver realmente insoportable y capaz de dejar disfónico hasta al mismo casete de Silvio Rodriguez, así que ése era nuestro reloj natural para saber que había llegado la hora de cenar -ése y el infaltable llamado de mamá que habría estado preparando algunas de sus tantas especialidades.

Con la llegada de mi adolescencia, como antes le habría pasado a mi hermano, el interés por salir con amigos, ir a bailar o conocer gente, logró eclipsar todo el atractivo de Guarita. Al poco tiempo mi familia vendió la casaquinta que de ese modo había perdido la función de convocar a la familia, y los recuerdos fueron construyendo mi refugio de adulta.

Si tengo que ser sincera, comencé este post pensando que les quería contar algo, quería hacer un modesto homenaje a un lugar y un momento de mi vida que alimentaron muchas vivencias hermosas. Pero ahora entiendo que lo único que realmente quería era no olvidar estos detalles: La sensación fresca en los pies al pisar el suelo de canto rodado de la casa de Guarita los días de verano; el aroma a césped mojado y aire libre; el crujir del pellejo de las chicharras; el color de las luciérnagas; el golpeteo de los Tucu-tucu; las bocanadas de humo de cigarrillo flotando en el aire y la sonrisa cómplice de papá, controlando mis movimientos.

Hoy siento que no hay nada mejor que podría desearles que el tener su propia Guarita para refugiarse en tiempos de cuarentena; una casa de cimientos tan fuertes que sea capaz de vencer el tiempo y el espacio; un rincón donde volver a conectar con aquello que nos ha dado sentido y resurgir más fortalecid@s en la certeza de ese infinito universo que también nos habita.

La guerra contra l@s otr@s

Asombrosamente la cuarentena se convirtió en una gran oportunidad para reflexionar sobre textos e ideas que surgen, crecen o se visibilizan a raíz de la actual pandemia. Algunos, creo, realmente importantes para no quedarnos en el romanticismo incrédulo o en el auto-compadecimiento.

Por eso, hoy, tengo muchas de ganas de compartir mis apuntes sobre una entrevista a la epistemóloga Denise Najmanovich (gran recomendación de Marisa Mántaras!) y de un posteo de la activista María Galindo (gracias Vicky Bonifacino por compartirlo conmigo).

Denise Najmanovich, el origen de la pandemia y la guerra que no es

La primera de ellas, Denise Najmanovich, es una epistemóloga que el lunes pasado fue entrevistada en el programa editorial Letra Chica, de Radio En La Mira. La charla tiene muchas aristas interesantes, pero me voy a centrar principalmente en dos o tres de ellas:

Para comenzar, Najmanovich refiere al origen de la pandemia -y creo que encuentra los argumentos precisos para echar por tierra tanta teoría conspirativa que anda dando vueltas. Explica que el Covid19 tiene un origen conocido e incluso anticipado y plasmado (entre otros) en el libro “Spillover” (Derrame) de David Quammen, publicado en 2012 (La Vaca realizó un artículo también muy interesante al respecto).

En su libro, Quanmen anticipa una epidemia de origen zoonótico (originada en animales salvajes), que muy probablemente sería el Coronavirus (o un derivado del Sars) y que su punto 0 sería China. Como explica Najmanovich, los distintos autores que se refirieron al tema coincidieron en que una de las vertientes fundamentales de la aparición del virus sería la convergencia entre la tala indiscriminada y la destrucción de los ecosistemas, que genera la migración de los animales salvajes y el cambio de su relación con los seres humanos.

Así, lo que se conoce como mega-granjas y agro-negocio contribuye a ese contacto humano-animal, donde un virus que no pertenece a nuestro ecosistema, migra hacia él por condiciones que el mismo ser humano, o mejor dicho, las multinacionales del agronegocio han producido.

La segunda idea que me parece importante destacar refiere a lo dañino que resulta la insistencia política, mediática y científica de referirse a la pandemia como a una “guerra”, en tanto que conlleva una mirada del ser humano disociada de la naturaleza, que ignora o niega no solo el verdadero origen de la pandemia, sino el natural intercambio, entramado de vida y vínculo del hombre con su entorno.

Pero, además, creo que aquí es importante resaltar que considerar a la pandemia como una guerra profundiza también la separación entre las personas porque viven atemorizadas frente a la presencia de cualquier “otro”, que podría ser el caballo de Troya de ese supuesto enemigo invisible. En este sentido, si algo ha evidenciado la pandemia, es que el Coronavirus no hermana ni iguala, sino que visibiliza y profundiza las diferencias.

Como explica Najmanovich: “si bien el virus no puede discriminar (porque no es un ser vivo), la enfermedad está fundamentalmente determinada por el contexto del huésped que la aloja”.

La guerra contra l@s exlcuid@s

Y es acá donde me interesa rescatar algunos párrafos del post referido a los dichos de la activista boliviana María Galindo Neder. En él, la también psicóloga y comunicadora feminista expresa lo criminal de las políticas que pretenden combatir al virus negando los diferentes contextos y realidades que atraviesan a los pueblos. Si bien, el texto habla de Bolivia, creo que puede fácilmente extrapolarse a muchos otros contextos similares:

“El coronavirus es un instrumento que parece efectivo para borrar, minimizar, ocultar o poner entre paréntesis otros problemas sociales y políticos que veníamos conceptualizando. De pronto y por arte de magia desaparecen debajo la alfombra o detrás del gigante”.

“El espacio Schengen, que es desde donde se ha propagado el coronavirus a esta parte del mundo donde habito, cierra su frontera a la circulación de cuerpos por fuera de ese espacio y cumple por fin el sueño fascista de que l@s otr@s son el peligro“.

“¿Y qué pasa cuando el coronavirus traspasa la frontera y llega a países como Bolivia?

Empecemos por decir que acá al coronavirus le esperaba ya en la puerta el dengue, que viene matando en el trópico –sin titulares en los periódicos– a las gentes malnutridas, a las wawas, a quienes viven en las zonas suburbanas insalubres. El dengue y el coronavirus se saludaron, a un costado estaba la tuberculosis y el cáncer que en esta parte del mundo son sentencias de muerte.

Los hospitales construidos la mayor parte a inicios el siglo XX con el auge del estaño y posteriormente modernizados, en los años setenta del siglo pasado, con el auge del desarrollismo, son mamotretos que colapsaron hace rato y donde la mala costumbre de curar a la gente siempre pasó por cuánto dinero tienes para pagar los medicamentos, todos importados e impagables.

Llegó por mil lugares, pero fue el cuerpo de una de nuestras exiliadas del neoliberalismo el estigmatizado y maltratado como “la portadora”, aunque ella y no otros hayan sido y sean quienes mantienen a este país. Los parientes de los enfermos se organizan para no dejar que se la hospitalice por el pánico, porque antes de que llegue el coronavirus en un cuerpo, había llegado en forma de miedo, de psicosis colectiva, de instructivo de clasificación, de instructivo de alejamiento”.

Así, y tras describir tan visceralmente la realidad de gran parte de la población boliviana, María Galindo hace un llamamiento a la desobediencia a las políticas criminales del aislamiento, buscando rescatar las bases del cuidado social y comunitario, y dice:

¿Qué pasa si decidimos preparar nuestros cuerpos para el contagio?

Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para resistir.

Necesitamos buscar a nuestr@s kolliris y fabricar con ellas y ellos esos remedios no farmacéuticos, probar con nuestros cuerpos y explorar qué nos sienta mejor.

Necesitamos coquita para resistir el hambre y harinas de cañahua, de amaranto, sopa de quinua. Todo eso que nos han enseñado a despreciar”.

Invisibilizar el grito de María Galindo es confirmar que existe una gran parte de la población que expresa una solidaridad clasista; más preocupada por preservarse a sí misma que por combatir los verdaderos orígenes de la pandemia y la exclusión. Porque tal como ella misma se ocupa por señalar:

“No poder respirar es a lo que nos condena el coronavirus, más que por la enfermedad por la reclusión, la prohibición y la obediencia”.

Para seguirla pensando

Me sorprendió encontrarme con estos textos casi en simultáneo, porque ambos dirigen su mirada sobre esta falsa guerra a la que nos quieren reclutar. Bajo esa lógica, no sólo se ha ocultado el origen real de la pandemia (ignorando y justificando a los responsables), sino que se ha invisibilizado y castigado a los sectores más vulnerables de las poblaciones (aquellos que no pueden recluirse porque antes que morir a causa del coronavirus morirían de hambre o violencia; que no tiene acceso al sistema de salud; que están excluidos, marginados o desposeídos…).

Cuando vemos los noticieros y escuchamos las reflexiones sobre la importancia de “estar juntos” para afrontar a este “enemigo invisible”, naturalizamos el miedo, sin sospechar que tras la romántica arenga a unirnos contra ese “algo” abstracto, lo que en realidad se eleva es un grito de lucha contra quienes no pueden -ni tienen cómo- defenderse de la pandemia ni de la realidad social que les toca.

En todas las crisis (económicas, políticas, sanitarias, etc.) poner atención a las metáforas con las que se las nombra es primordial para entender qué es lo que se pretende de los ciudadanos. El “enemigo” nunca es invisible y creer eso es ingenuo y peligroso. Cuando se nos quiere convencer de que luchamos contra algo foráneo (que nos es ajeno y que no tiene vínculo con nosotr@s mism@s), lo que en verdad se está instalando es la idea de que “el otro” es nuestro enemigo. Y ese otro puede cobrar cualquier forma: el vecino que es médico; el que no respeta la cuarentena; el que hizo turismo; el que se olvida el barbijo; el inmigrante; el pobre; el enfermo; cualquiera.

Porque cuando el enemigo es “invisible”, entonces todos somos potenciales enemigos, mientras que los verdaderos culpables de los desastres ecológicos y del desarrollo y la mutación del virus se quedan muy tranquilos en casa, esperando para retomar su negocio.

El ser humano no está disociado de su entorno natural y ecológico, sino que forma parte de él. La pregunta en este caso sería, ¿cuánto tiempo más seremos capaces de sobrevivir al irreversible daño que (por acción u omisión) nos causamos a nosotr@s mism@s?

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¿Es la rutina el gurú de la cuarentena? Apuntes de una relación de amor/odio

Estudié comunicación pensando en dedicarme al periodismo y creyendo que ello me llevaría a trabajar en ámbitos totalmente diversos y continuamente cambiantes; sin embargo, poco tiempo tardé en descubrir que la profesión se basaba mayormente (y al igual que cualquier otra) en una clara “rutina”. Recuerdo que mi primera alerta se encendió cuando entendí que muchas de las notas que realizaba un año, eran perfectamente utilizables al año siguiente. La política, los accidentes, las protestas y la mayoría de los temas abordados (con más o con menos) eran circulares y, al igual que los actos oficiales, se repetían con precisión casi suiza año a año.

Desde aquella época que el tema de la “rutina” me atraviesa y me inquieta. Por eso, cuando Marisa lo mencionó, me enganché enseguida, porque creo que éste es un tópico siempre vigente y que, en esta cuarentena, resurge todavía más recargado.

Al principio, para mí, el concepto indicaba casi exclusivamente “monotonía” y se me representaba como la “imposibilidad de escapar a una vida circular y repetitiva” (supongo que Freud se habría hecho un banquete con mi libre asociación de la época).

Pero, con el paso de los años y, a pesar de los cambios de carreras, trabajos, ciudades e incluso países, lejos de ganarle a la “rutina”, ella logró convencerme de que, quizás, no era tan negativa como yo pensaba.

Comprendí que gracias a ella el aprendizaje se facilita en muchos niveles, porque resulta imposible asimilar algo cuando el entorno cambia constantemente; y porque el tiempo (y el estrés) invertido en abordar situaciones que no se pueden organizar ni prever resulta mucho más provechoso para casi cualquier otro fin.

Hoy, el tema retorna con especial énfasis porque “tener” o “crear” una rutina dentro de la cuarentena parece ser unas de las claves para salvarse de la angustia de no saber cuándo ni cómo saldremos de esta situación.

Pero ahora, el tópico me encuentra con algunas herramientas ganadas. Porque, con los años también aprendí la importancia de la deconstrucción, no sólo de un@ mism@ sino y, principalmente, de las palabras y conceptos que utilizamos a diario en relación con nuestro entorno.

Por eso, ése me pareció un buen método para empezar a pensar este concepto: reflexionar sobre las connotaciones negativas (y positivas) con las que hemos cargado al término y porqué.

La ruta de la rutina

“Cambiar de”, “no caer en”, “romper con”, “salvarse de” y otras muchas construcciones similares suelen anteceder a la palabra rutina en artículos que habitualmente recomiendan estrategias para no caer en el tedio de la costumbre. Ergo, la rutina se asocia normalmente con la monotonía.

Sin embargo, en muchos otros contextos, escuchamos a profesionales hablar de la importancia de darles una rutina a los niños para que puedan ordenarse y aprendan a tener una organización en su vida. En los gimnasios también nos planifican una serie de ejercicios repetidos para que el cuerpo aprenda y se fortalezca paulatinamente. Y en general, llevar una rutina saludable es la propuesta más habitual para combatir la angustia o la depresión.

Pero, ¿es o no es la rutina una repetición irreflexiva y monótona? Bueno, para mi sorpresa, buscando sobre la etimología de la palabra, me encontré este simpático texto, en cuya veracidad voy a confiar a fuerza de no contar con el libro fuente (“Nuevas fascinantes historias de las palabras”, de Ricardo Sosa), para desmentirlo:

“El verbo latino rumpere dio lugar a un vasto conjunto de palabras de nuestra lengua, además de romper. Con el prefijo ex-, se formó eruptio, -onis, derivado de erumpere, que dio lugar a erupción, en el sentido de ‘salida brusca e impetuosa’ pero también a irrupción.(…) Otra palabra que proviene del verbo latino es ruta, que nos llegó a través del francés route. El lector podrá preguntarse cuál puede ser la relación entre romper y ruta, pero lo cierto es que en el latín vulgar de la Galia se decía rupta via ‘camino roto’ con el mismo sentido con que hoy decimos en castellano ‘romper camino’, es decir, ‘cortar’, ‘romper’ los matorrales para abrir un camino. Y una vez que el camino está abierto y es recorrido muchas veces se convierte en una rutina, que se refería, inicialmente, a una ‘ruta muy frecuentada’, pero que hoy ya denota ‘hábito adquirido’, ‘costumbre de hacer las cosas sin necesidad de pensar en ellas’”. (fuente: http://www.elcastellano.org/palabra/rutina)

Así las cosas, parece que rutina podría derivar del latín “rumpere” y vendría a ser como una sobrina del término “romper”. Con lo cual, “romper la rutina” no sería más que enemistar familiares. Pero retomando esta deconstrucción libre, creo que “hacer sin necesidad de pensar” es una de las bifurcaciones que estaba buscando.

A priori parecería indicar algo negativo: irreflexivo y autómata. Pero, ¿no nos pide también el yoga o la meditación “dejar pasar los pensamientos” para encontrar un estado de armonía interior? Y en este caso, “no pensar” no parece tan mala idea, ¿no?

Quizás por este lado no estemos tan lejos de encontrarnos con uno de los grandes beneficios de la rutina, por el cual tantos especialistas la recomiendan como una forma de brindarnos sensación de “seguridad”.

Partir de algo conocido y previsible -en contraposición a la imprevisión de la realidad de la pandemia- ofrece un espacio de tranquilidad y armonía para la construcción de otras cosas. La rutina, en este sentido, permite aferrarse a lo conocido cuando alguien siente que reina el caos alrededor y que todo se desmorona.

Nos organiza, nos da estabilidad y nos orienta. Y pienso que se podría decir que es un gran salvavidas para situaciones de estrés y angustia, pero -y creo que aquí se ubica la raíz de mi amor/odio por el término- puede convertirse en un salvavidas de plomo en contextos que ya son de por sí predecibles y habituales.

Una primera idea

Se me ocurre entonces repensar a la rutina como una herramienta. Un instrumento que, como tal, no es bueno ni malo, ni merece en sí mismo una connotación positiva o negativa. Sino, que constituye un dispositivo útil en determinados contextos y completamente inservible en otros.

Probablemente -como suele sucederme- mi gran dilema nunca haya sido realmente con “la rutina”, sino con el haberla aplicado o instalado en los ámbito equivocados de la vida.

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El pasante y la negación de la vejez

Anoche vimos “Pasante de moda”, una comedia con Robert de Niro y Anne Hathaway que me habían recomendado. Y más allá de que a cada un@ le resulte más o menos entretenida. Me quedé pensando mucho en el centro del argumento: un jubilado que encuentra que su vida está vacía si no trabaja y decide ingresar a un programa de pasantes Seniors.

Al iniciar la historia, Ben Whittaker (De Niro) cuenta que ya viajó por todo el mundo y realizó todo tipo de cursos y actividades, pero que en el fondo siempre siente que no “tiene adónde ir” (léase: “no pertenece). Esto me trajo a la cabeza aquello que quise comentar en un post anterior (Ahí, donde el caos nos ordena) respecto a toda la maquinaria que a lo largo de los años impulsa por convencernos de que la vida es eso: rutina, trabajo, actividad, producción y consumo.

Si no hacés, perdés el tiempo. Si no producís, sos inútil. Si no consumís, no pertenecés. El ciclo se repite una y otra vez, machacándonos con estas ideas que, en contexto cuarentena, se traducen en cientos de estrategias para mantenerse ocupad@ y no deprimirse en este tiempo de “inactividad”.

Es tal el machaque que recibimos a lo largo de nuestra vida, que hoy nos suena lógico y evidente que ningún mortal puede tolerar el tiempo de cuarentena, lejos de la rutina y sintiéndose improductivo. Lo entiendo. Creo que es real. Pero, ¿es sano? ¿Vamos todos inexorablemente a convertirnos en un Ben Whittaker, buscando desesperadamente reincorporarnos a la matrix del mundo laboral apenas jubilados?

Al menos para mí, ese panorama resulta terriblemente desesperante. Y creo que principalmente porque veo y entiendo que es cierto. Aplaudimos con admiración a quien se mantiene en actividad después de los 70 e incluso 80 años porque “si no trabaja se muere”. ¿En serio? ¿Si no trabaja se muere? ¿Es ésa la perspectiva esperanzadora para los años de vejez?

Y esto le ocurría a este tipo Ben que se las había apañado por tener una muy buena calidad de vida, familia, amigos y todos los condimentos… Pienso ahora en los mal llamado “abuelitos” que hacen las filas criminales afuera de los bancos en Argentina. ¿Por qué los llaman abuelos? Muchos de ellos probablemente no tengan familia (lo hayan elegido así o no). ¿Por qué asumimos que un anciano es un abuelo? Primero, no lo es y puede estar en condiciones de gran soledad y olvido, y segundo, a diferencia de Ben, nuestros adultos mayores muy probablemente no cuenten con una jubilación que le permita viajes, actividades o cursos para “engañar el vacío”.

Entonces, la pregunta ya no es sólo ¿cómo se sobrelleva ‘la vejez’? sino ¿qué vejez? ¿La de Ben, un jubilado que habiendo gozado de todos los privilegios de pertenecer al sistema (léase: satisfacer todas las necesidades, desarrollarse profesional y personalmente, producir y consumir) aún así no logra sobreponerse a la angustiante situación de pasividad (“improductividad”). ¿O la de los jubilados y pensionados argentinos? En gran parte excluidos del sistema e invisibilizados al punto de llamarlos a todos “abuelos” porque suena cariñoso.

No, para mí, no es cariñoso, al contrario, es disfrazar una realidad para hacerla menos dolorosa. La realidad de que muchos no tienen ninguna familia detrás y, muchas veces, ninguna persona. Y es ahí donde resulta tan importante fortalecernos como sociedad y como estado. Porque la “familia” es un núcleo que, por más que se lo quiera mirar románticamente, hace agua por todos lados.

Lamentablemente, creo que la reflexión sobre cómo vivir la ancianidad siempre nos llega muy tarde. No queremos pensarnos viejos o, peor aún, ¿no podemos pensarnos viejos? La preocupación, la reflexión y la planificación sobre cómo viviremos después de jubilados nos llegan con la ancianidad, cuando ya estamos saboreando esa angustia de sentirnos inútiles, ignorados o excluidos por la sociedad.

Creo que más allá de que resulta fundamental que como sociedad -y con la ayuda del estado- comencemos a reconfigurar la ancianidad actual, también es esencial desconfigurar nuestra idea de la vida dentro del sistema. Esa idea de ciclo de mercado, de “obsolescencia programada” tan propia de los productos capitalistas, que una vez lanzados al mundo comienzan su ocaso (cada vez de manera más temprana) hasta alcanzar la inutilidad absoluta al dejar de cumplir su función mercantil.

La verdad que sí, la comedia me pintó drama, quizás un poco por la situación de nuestro país y nuestros viejos, pero también por mi situación particular. Me pregunto ¿cómo me preparo para esa vejez? ¿qué estrategias armamos para sobrellevar esa supuesta “improductividad” de la vida pasiva? ¿Cuánto de esta rutina que vivo a diario en el trabajo se convierte en mi idea de “la vida”?

Creo que, tal como la película nos quiere mostrar, en la ancianidad hay un cúmulo de experiencias, saberes y emociones tan vastos y valiosos para la sociedad que, seguir demorándonos en la reflexión, la preparación y el cuidado de la ancianidad, es continuar despreciando y desperdiciando quizás la mayor riqueza de la humanidad… sus historias de vida.